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| La Asociación Impulso Lidera junto a Pedro Algorta |
Última actualización 16/09/2009@17:07:12 GMT+1
Antes de irnos de vacaciones la Asociación Impulso Lidera organizó una interesante conferencia de manos de Pedro Algorta, superviviente del trágico accidente aéreo en la cordillera de los Andes. ¿Recuerdan el libro y adaptación cinematográfica “Viven”?, pues ahora podrán seguir sabiendo más de esta experiencia de pura supervivencia humana en el libro “la sociedad de la nieve” que recoge los testimonios de los supervivientes del incidente.
Pedro Algorta, se ha decidido a hablar y transmitir su experiencia a raíz de la oferta que le hicieron de que apareciera su testimonio en este libro. Hasta ahora había permanecido callado, en silencio llevando una vida absolutamente normal, creando una familia, yendo a trabajar, montando sus negocios, tomando sus vacaciones… según él mismo nos contó: “para mi, era la única manera de superar esta tragedia, no se porqué, pero no me gustaba hablar de ello, solo necesitaba llevar una vida normal y nada más, necesitaba aprovechar la oportunidad que se me había dado de seguir con vida”. A sus 56 años decide contar su experiencia sobre todo porque se ha dado cuenta que le hace bien a él y a todos los que le escuchan, pero nunca utilizó la etiqueta de “superviviente de los Andes” ni para sus negocios, ni para el desarrollo de su vida.
Sus seis lecciones aprendidas en los Andes
1) La enorme fuerza del ser humano para sobrevivir, sobre todo cuando tiene la voluntad de ello, “si quiero, me hago cargo de la solución”
2) “No éramos personas especiales, ni estábamos preparados ni física, ni mentalmente para salir de esa situación. Individualmente no hubiéramos podido salir, emergió el genuino egoísmo de salir juntos”.
3) Siempre tuvieron un objetivo común, “sobrevivir ese día, porque estábamos convencidos que al día siguiente vendrían a rescatarnos, así un día y otro y otro…”.
4) No había líderes absolutos. “Aprendíamos de nuestras debilidades y nuestros esfuerzos individuales.”.
5) “En la vida no tenemos todas las respuestas”.
6) “Descubrí la enorme capacidad de recuperación del ser humano, a los tres meses de la tragedia yo estaba llevando una vida normalizada, aunque siempre llevaré la montaña conmigo”.
No fue un milagro
Algorta durante toda su exposición insistió en que se salvaron porque quisieron salvarse, “no fue un esfuerzo especial, solo pusimos lo mejor de nosotros, 72 días en la cordillera de los Andes perdidos y que sobreviviéramos nos demuestra que cualquiera puede subir sus propias montañas”.
Además fue algo que en ningún momento eligieron, el destino les puso ahí y punto, de hecho Algorta no formaba parte del equipo de rugby, era compañero de la universidad y se apuntó al viaje que organizaba el equipo, para aprovechar la excursión y darse una vuelta por Chile. El accidente fue un fallo humano, ya que el piloto giró en la cordillera antes de lo que debería y el avión cayó en pleno glaciar a gran velocidad, arrancando todos los asientos de la parte delantera, hasta que, tras la colisión, el avión se detuvo a casi 4000 metros de altura en medio de la cordillera de los Andes.
Algorta cuenta que cuando todo ese infierno se detuvo el no tenía ni un solo rasguño, solo recuerda el estado de shock en el que se vio inmerso, el hilo de sangre que recorría la cabeza de su compañero y que entre los supervivientes se contaban los miembros del equipo de rugby de edades comprendidas entre 17 y 25 años, y 5 miembros de la tripulación.
De golpe se encontraban perdidos en la cordillera de los Andes, sin GPS, sin radio (aunque luego consiguieron arreglarla) y entonces la única preocupación que tenían era derretir nieve para conseguir agua y no deshidratarse (cosa muy probable por la altura a la que se encontraban), organizarse para pasar el día, porque en su mente lo único que les preocupaba es: “nunca nos hacíamos preguntas difíciles, ni hablábamos de la familia, ni estudios, ni trabajos, solo pensábamos que nos iban a venir a buscar enseguida, la primera noche fue horrible, nos metimos en los restos del fuselaje como pudimos y simplemente la pasamos, en realidad no recuerdo mucho cómo fue”.
Plan de supervivencia
Es curioso, pero en el discurso de Algorta nunca hay ni un solo argumento negativo, solo extrae logros, hazañas y objetivos cumplidos, como que al día siguiente del accidente, “no recuerdo ni pasar frío, ni angustia, ni dolor… a la mañana siguiente teníamos claro que nos venían a buscar, arreglamos la radio y escuchábamos las noticias sobre nosotros, conseguimos hacer agua con las chapas de los restos del avión, repartimos la ropa de abrigo de los muertos y todo lo que pudimos encontrar como anteojos para protegernos del sol”.
Aunque un avión les sobrevoló dos veces, no los vio, ellos oían por la radio que buscaban restos, no supervivientes, pero a ellos les daba igual, seguían con su organización para ir pasando los días. Cuando se acabó la comida decidieron comenzar a comer cadáveres, bien conservados por la nieve, y eso no supuso ninguna pregunta trascendental, simplemente tenían que comer para mantenerse fuertes y sobrevivir. Fue a la vuelta cuando en rueda de prensa cuentan como se alimentaron, y el silencio se hizo esperando una reacción del público, “fue increíble, todo el mundo en la sala de prensa nos aplaudió, fue como una aplauso sanador, necesitábamos que se nos perdonara, si es había algo que perdonar, de hecho, los que buscaban el perdón eran más nuestros propios familiares por habernos dado por muertos”.
El alud
Pero, la montaña se empeñaba en engullirles, y Algorta nos cuenta como de pronto sintió un golpe muy fuerte de noche durmiendo en el avión y se hizo la oscuridad, “de pronto todo estaba oscuro, estaba cubierto totalmente de nieve y muy cansado, me empecé a dormir en una gran paz y si no hubiera sido por uno de mis compañeros que me sacó, no hubiera recuperado el oxígeno que me faltaba, recuperé el aliento de vida”.
No entendían muy bien lo que había ocurrido, de repente no podían salir del avión y se encontraban en la oscuridad total, el oxígeno se empezaba a viciar y tuvieron que cavar un túnel para poder salir. El resultado: otros ocho compañeros perdidos, incluido el capitán del equipo y la única mujer superviviente, también perdieron la radio, herramientas. Solución: reorganizarse con nuevos liderazgos, de ahí surgieron los expedicionarios, comprendieron que nadie vendría a buscarles y decidieron entrenar un equipo que saliese a buscar ayuda, “los que no íbamos a emprender la expedición nos dedicamos a cuidar, entrenar y ayudar a nuestros héroes”.
El trabajo en equipo fue lo que les sacó de la montaña, los más mayores mantenían la fuerza, los conciliadores evitaban las peleas, otros se ocupaban de la racionalidad, otros de la espiritualidad invitando al rezo diario, los más fornidos trabajaban más físicamente… cada uno, en lo que demostraba más habilidad. Las conversaciones eran sobre temas sencillos, cosas concretas, “temas como la familia eran muy complicados, eso sí todos soñábamos con montar un restaurante cuando saliéramos de allí, sería por el hambre que pasábamos, era el tema sobre el que más conversábamos”.
Seguían muriendo más, entre ellos dos de los mejores amigos de Algorta, así es que tras un mes y medio de expediciones de ensayo, excursiones, en definitiva entrenamiento, el 12 de diciembre salieron hacia el oeste los tres expedicionarios: Vicentín, Camesa, y Parrado. A los tres días Vicentín volvió con malas noticias, diciendo que no habían encontrado ningún valle después de las colinas, sino picos y más picos, Camesa y Parrado habían decidido morir caminando.
La radio del 22 de diciembre
Ese día consiguen arreglar la radio y oyeron por la emisora que se habían visto a dos hombres caminando entre las montañas, “nos peinamos, ordenamos todo, y nos preparamos para el rescate. Y nos subimos al helicóptero y regresamos como si nada hubiera sucedido, mi padre me pidió perdón por haberme dado por muerto, volvíamos de la muerte tras 72 días”.
Desde entonces la cordillera vive con Pedro Algorta, “la saco, converso con ella, la analizo… siempre la llevo en la maleta pero tengo claro que éramos personas normales unidas ante la adversidad y que nos movió el mero hecho de sobrevivir. La mezquindad nunca pudo con el buen funcionamiento del grupo, lo peor que te podía pasar es que te aislaran, todos trabajábamos para hacer cosas e integrarnos en el grupo. La herida de la montaña tiene tres caras, una, “negar” que existe; otra es vivir la herida como víctima, convertirlo en una horrible experiencia negativa, pero yo elegí hacer como las ostras, coger la herida y convertirla en una hermosa perla”.